Every good idea needs a selling point. The selling point of the all-encompassing ideology that can go by any name from “anarcho-primitivism” to “anti-civilization thinking” is that modern techno-industrial civilization is destroying the human race, and if we want to stop this destruction, we have to destroy civilization. It’s a matter of self-preservation. We must renounce technology, science, modern medicine, etc. in order to save ourselves. How do we know this? Well, technology, science, modern medicine, etc. tell us so. I am likely not the first one who has noticed the inconsistency in this perspective, but perhaps I am one of the first to say something about it.

“Anti-civilization thought” (for lack of a better term) has a “knowledge problem.” That is, it seeks to criticize the totality from the view of the totality. It seeks to dismantle the tools that have built everything that it despises using the same tools. This culminates in the idea of “catastrophe”: the cathartic collapse of its enemy and a chance for the restoration of a just order. For someone with a hammer, everything appears to be a nail, and for someone with an apocalyptic narrative, everything leads to the end of the world. Indeed, some could say that catastrophe is to the primitivist what the Resurrection of Jesus was to St. Paul: the sine qua non outside of which the message cannot not exist. If humanity is not damned via technology, if all life on earth is not endangered by the upstart selfish ape from Africa, then what are we doing here? We might as well just go home and enjoy the flat screen TVs and air conditioning.

Things of course aren’t really that simple. But the first question should be, “Are we doomed?” A few books have come out recently that seek to answer the question in the negative, even though they take the Cassandra-like science of climate change and resource depletion very seriously. Ronald Bailey’s The End of Doom: Environmental Renewal in the Twenty-first Century is one of the stronger contributions to this eco-modernist genre. Though we will not have the time to review it all here, we can at least go over the strongest point in his book (at least from my perspective): the analysis of the ecological idea that “doing nothing” is better than “doing something.” (more…)

For thousands of years, California Indians used fire as a tool for managing natural resources. Throughout the state, Native peoples conducted cultural burns on a wide range of plants. Their fire regimes created diverse habitat mosaics that sustained meadows, coastal prairies, and grasslands. The careful application of fire increased fruit and seed production, caused new growth that was better suited for making baskets, and reduced the fuel load that could be burned by naturally occurring wildfires. But starting with the Spanish conquest and continuing today in the form of Forest Service and CalFire policies, fire suppression has drastically limited cultural burning. As a result, the forest has become incredibly dense and we are now facing a situation in the Sierra Nevada where drought is causing many trees to die. This massive tree mortality has brought the forest to a tipping point, where large scale wildfires threaten to alter the Sierra forests permanently. In this video, we explore how cultural burning is being practiced today and what lessons it holds for the future of the forest. We visit the area just south of Yosemite National Park where two tribes are working to bring fire back to the land, the North Fork Mono Tribe and the Cold Springs Rancheria of Mono Indians.

Video: https://www.kcet.org/shows/tending-the-wild/untold-history-the-survival-of-californias-indian

Interesante texto sobre las mujeres selkman del sur de continente americano.


“¿A dónde se fueron las mujeres que cantaban como los tamtam (canarios)? Había muchas mujeres. ¿A dónde se fueron?”, me preguntó un día Lola Kiepja, la última selk’nam de Tierra del Fuego que vivió como indígena. Fue en mayo de 1966, cuando estuve viviendo con ella cerca del Lago Fagnano, en lo que era entonces la reserva indígena. Lola falleció pocos meses más tarde a la edad aproximada de noventa años. Desde su muerte, el 9 de octubre de 1966, hasta la fecha de esta publicación (15 de agosto de 1973), han muerto cuatro hombres de ascendencia selk’nam. En la Isla Grande, quedan con vida cinco personas de madre indígena y cuatro más que hablan todavía el idioma de sus padres, o sea Angela Loij, una mujer dulce y sonriente, Luis Garibaldi Honte, el mayor de todos, Federico Echeuline, trabajador de estancia, Augustine Clemente, de madre selk’nam y padre yámana y Segundo Arteaga, de madre selk’nam y muy conocedor de la cultura indígena. También vive Leticia Ferrando, de padre selk’nam y madre alakalufe. Hay varias personas en la Patagonia, y aun en Buenos Aires, de ascendencia selk’nam.

Son los descendientes directos de un grupo que se estimó en 3.500 ó 4.000 individuos antes del asentamiento de los blancos a la Isla Grande hacia el año 1880. Pese a los esfuerzos bien intencionados de los misioneros salesianos y de otros blancos, como por ejemplo los hijos del misionero T. Bridges, los selk’nam desaparecieron como consecuencia de este encuentro con los blancos. Fueron asesinados, murieron a causa de enfermedades traídas por los blancos o fueron deportados fuera de su región. Algunos sucumbieron en las luchas fratricidas de las últimas dos décadas del siglo XIX y principios del XX.

Los selk’nam eran un pueblo de cazadores-recolectores. Fabricaban herramientas de piedra, hueso y madera, y vivían de la naturaleza, sin cultivar la tierra (dados el clima y la naturaleza de los suelos la agricultura hubiese sido imposible de desarrollar en Tierra del Fuego). Una actividad capital para ellos era la caza,  pues comían sobre todo guanacos y varias especies de roedores, y se vestían con las pieles de estos animales, además de la del zorro. Hacían sus toldos con piel de guanaco. Recogían moluscos, huevos, bayas, ciertas raíces, semillas y hongos. Cazaban pájaros y focas; pescaban en las lagunas y las playas, y aprovechaban las ballenas que encallaban. A menudo cambiaban de campamento; el hombre iba adelante, sosteniendo el arco con el brazo y el carcaj con las flechas sobre el hombro. Lo seguía su mujer cargada con todos los objetos domésticos y a menudo con un bebé atado a la espalda en una tabla-cuna. Detrás iban los niños y la gente de edad. Las marchas se hacían por terrenos conocidos. Las paradas estaban previstas según la caza o la pesca que se esperaba encontrar. Conocían a fondo su isla y dieron nombre a todos los accidentes geográficos. Familias extensas (de tres o cuatro generaciones) patrilineales y patrilocales ocupaban un terreno específico llamado haruwen, cuyos límites eran generalmente respetados por los vecinos.

Los habitantes de terrenos muy apartados se conocían unos de otros al menos de vista o de oídas, pues tenían muchas oportunidades de reunirse. Cuando encallaba una ballena, los primeros en llegar encendían dos fuegos como señal para que todos los que alcanzaran a verlos acudiesen a participar del despedazamiento del animal. Se reunían para celebrar competencias como largas carreras a pie y luchas cuerpo a cuerpo, o para probar su destreza contra un voluntario que saltaba sin cesar tratando de esquivar las flechas, despuntadas para esa ocasión. Cuando moría una persona renombrada, la gente se dirigía a su haruwen, al ver las fogatas en señal de luto, para expresar su pesar por medio de cantos y otros ritos. El trueque atraía también a personas que vivían a veces muy lejos unas de otras; se intercambiaban piedras para encender el fuego, y para hacer herramientas, maderas para fabricar arcos, flechas, soportes de toldos, plumas decorativas para tocas, grandes caracoles para extraer agua, caracolitos que se arreglaban en forma de collares, etc. (more…)

Videos sobre la forma de tatuar la piel de la tribu Mentawai, Indonesia. 

 

Interesante domumental sobre los originarios de “Australia”.

 

Australia’s Aboriginal people have already been using the tag of “world’s oldest living culture” before given scientific confirmation in a recent study of the DNA of Australia’s Indigenous people. One likely response to the finding from the subjects of the research is a satisfied, “I told you so”.

Scientific research often reaffirms what is in an oral history. This has been particularly so in Australia where cultural stories – often referred to as Dreamtime stories – that describe land movements and floods fit in with what later becomes known about seismic and glacial shifts from the geological record. For example, Associate Professor Nick Reid and Professor Patrick D. Nunn have analysed stories from Indigenous coastal communities and have seen a thread of discussions about the rise of tidal waters that occurred between 6,000 and 7,000 years ago. And these are the newer stories.

Other stories collected from around Cairns showed that stories recalled a time when the land covered the area that is now the Great Barrier Reef and stories from the Yorke Peninsula reference a time when there was no Spencer Gulf (it is now 50m below sea level). Reid and Nunn hypothesise that this could make these stories over 12,000 years old.

So oral history and observation can reinforce what the science says. Or science can confirm what we’ve been saying all along. For many older Indigenous people, the cultural stories will seem the more trustworthy. There are historic reasons why Indigenous people remain suspicious of science practiced by Europeans, who have not yet countered the legacy of their obsessions with head measuring and blood quantum. (more…)

Río de Janeiro (Brasil), 15 sep (Sputnik). – Un total de 137 nativos fueron asesinados en Brasil a lo largo de 2015, según datos de la Secretaría Especial de Salud Indígena (Sesai), que también constata que apenas hubo avances en la demarcación de tierras, una de sus reivindicaciones históricas.

Gran parte de las muertes (36) se concentraron en el estado de Mato Grosso do Sul, que desde hace años vive un grave conflicto entre los terratenientes y los nativos de la etnia guaraní-kaiowá.

En este estado también se registraron buena parte de los suicidios, 45 del total de 87 indios que se quitaron la vida el pasado año.

Entre los asesinatos que se volvieron más conocidos por la opinión pública está el del niño de dos años Vítor Pinto, de la etnia Kaingang, en el estado de Santa Catarina, que murió degollado.

Además de las muertes el informe destaca que en 2015 hubo 18 conflictos relativos a derechos territoriales y 53 casos de invasiones de tierras indígenas, explotación ilegal de recursos naturales y daños diversos al patrimonio. (more…)

Los aborígenes australianos de Australia y Papua Nueva Guinea, son el grupo étnico más viejo que existe en el planeta actualmente, algo que ya se sospechaba pero ahora se ha confirmado con un notable análisis de ADN.

El nuevo estudio dató sus orígenes en Australia hace más de 50 mil años. El mismo estudio pudo rastrear el viaje que realizaron antiguos seres humanos a través del mar, recogiendo pistas de ADN en la población de Australia y Papua Nueva Guinea. Los ancestros de estas personas fueron los primeros humanos en cruzar el océano, al menos los primeros de los cuales tenemos información. Los aborígenes australianos permanecieron prácticamente aislados hasta hace 4 mil años.

En sus viajes estos antiguos exploradores se aparearon con un antiguo primo homínido, el cual contribuyó con cerca de 4% de su ADN. Anteriormente se ha descubierto que todos los seres humanos no africanos llevan entre 1% y 6% de ADN neandertal. Y, en realidad, pese a que se suele percibir a los neandertales de manera despectiva, los científicos han notado que no existe realmente una diferencia importante entre esta especie y nosotros. (more…)

Abstract

Frontier violence is now an accepted chapter of Australian history. Indigenous resistance underlies this story, yet it has barely been examined as a military phenomenon (Connor 2004). In contrast to North America, Australia has virtually no named Indigenous wars. Our understanding of the strategies Indigenous groups employed, and their overall objectives, remains vague.

Building on a statement in Nehemiah Bartley’s Australian Pioneers and Reminiscences (1896), the author argues that an alliance of several Indigenous groups declared war in south-east Queensland. Kerkhove finds that this was a definable conflict (1843-1855), complete with a record of victories, coordination, leadership and planning.

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