En 1738, el fraile Francisco de la Rosa y Figueroa, responsable de la parroquia de San Lucas Mazatepec en el actual estado de Morelos y avezado perseguidor y denunciante de idolatrías y herejías (en su juventud habia iniciado un proceso inquisitorial contra varios indios del sur de la Cuenca de México por practicas religiosas mesoamericanas relacionadas con el ritual de los voladores y su poste sagrado), recibió ese año en su curato, varias denuncias de vecinos españoles y mestizos, sobre las extrañas prácticas que realizaban muchos indios del pueblo de Coatlán del Río, dependiente de la jurisdicción de Mazatepec y de la Alcaldía de Cuernavaca.

Los denunciantes afirmaban que estos indios, tenían una escuela oculta en Coatlán, donde adultos y viejos enseñaban a jóvenes y niños, idolatrías y herejías, utilizando documentos y papeles escritos para el efecto, además de enseñar a bailar a las cinturas desde pequeñas para sus ritos y ceremonias particulares.

Además, este numeroso grupo de indios (continuaban los denunciantes), no solo idolatraban a sus antiguos dioses en Coatlán del Río, sino que además eran herejes, apostatas y blasfemos y que como prueba de esto, una vez a la semana llegaban a media noche al templo de la población (que estaba alejado y aislado de esta, por estar edificado en una loma cercana) y con sigilo, entraban por la sacristía o por las ventanas y procedían a tomar las imágenes de Cristo y procedían en forma organizada a pisarlas, azotarlas, escupirlas y abofetearlas, repitiendo paso a paso, todos y cada uno de los actos y tormentos de la Pasión, a manera de una representación de Semana Santa.

Finalizada esta, volvían todo a su anterior estado y el grupo de conculcadores se retiraba del templo a la madrugada, regresando la semana siguiente a repetir todos sus actos de escarnio.
Ante las varias denuncias, rápidamente fray Francisco se traslado al pueblo de Coatlán para sorprender a los indios en sus actos sacrílegos, pero no pudo hacerlo, ya que los indígenas suspendieron sus actividades nocturnas durante la estancia del párroco.

El despechado franciscano se retiro del pueblo luego de una semana, no sin antes de encadenar y cerrar con candados las puertas del templo y de la sacristía y se retiró a Cuernavaca a organizar una investigación sumarísima, cuyos preparativos duraron hasta el año siguiente.

En el inter, se reportó que uno de los indios principales del pueblo de Coatlán, acusado por los denunciantes de ser el Capitán y Sacerdote Mayor de los indios herejes, fue encontrado azotando una imagen de Cristo por el Alcalde y Justicia del pueblo, gracias a una denuncia que hizo un indio del lugar.

El indio conculcador fue aprendido y conducido a la cárcel del pueblo, no sin antes que golpeara al indio que lo delato; sin embargo, al poco tiempo, los amigos y parientes del preso (probables herejes y cómplices al decir de fray Francisco), lograron comprar su libertad con dadivas y con más sobornos, acallaron al Justicia para que no los denunciara.

Cuando todo parecía olvidare, fray Francisco de la Rosa y Figueroa regreso en 1739 al pueblo de Coatlán con poderes inquisitoriales para iniciar una investigación sumaria, empleando 18 testigos y cerca de treinta indígenas comparecientes, para que declararan todo lo que supieran sobre las abominaciones, herejías y actividades judaizantes realizadas así como el nombre y localización de los responsables de tales actos.

Al final de la Sumaria, fray Francisco se llevo presos a 19 indios, reos de herejía, blasfemia y conculcación a la Cárcel Real de Cuernavaca; el proceso consiguiente se alargo hasta 1745 y muchos de los acusados habian logrado salir de la prisión, gracias a las dadivas que ofrecieron a varios funcionarios, incluidos, los carceleros, el Juez Inquisidor local y el propio Alcalde Mayor de Cuernavaca, ante la indignación quejas y desesperación de fray Francisco de la Rosa, que dos años antes, había sido trasladado de Morelos, al Convento franciscano de Nstra, Señora de Nativitas, de la Ciudad de México.

Idolatría y Herejía en el México Colinial