“¡Hoka Hey!” (en lengua lakhota: “¡Hoy es un buen día para morir!”), fue un grito de guerra que se escuchó en las cercanías del río Little Big Horn, en el territorio de Montana, Estados Unidos, a finales de junio de 1876, cuando se llevó a cabo la célebre batalla entre Tasunka Witko (“Crazy Horse“ o literalmente: “Su caballo es loco”, 1840 – 1877), el gran guerrero y jefe de la tribu Sioux Oglala y el infame comandante del 7° Regimiento de Caballería de USA, el Teniente Coronel George Armstrong Custer.

El primero, comandando a los bravos guerreros de su tribu natal, luchando por su tierra y su derecho a vivir en libertad; el segundo, un genocida y racista, con pretensiones políticas para la Casa Blanca, que no dudó en matar a centenares de hombres, mujeres y niños aborígenes americanos y violar todos los tratados existentes, para lograr sus fines.

Pero el propósito de esta nota, no es narrar dicha batalla, ni como “Caballo Loco“ hizo justicia a su pueblo y herencia cultural, al aniquilar a su enemigo, los “wasichus” o invasores blancos, sino más bien rescatar aquel grito, para dar nombre a una virtud pagana olvidada: La de saber morir bien.

Saber morir es tan importante como saber vivir:

Los humanos modernos, sin importar la cultura natal, la religión que practiquemos o el nivel de educación que tengamos, solemos olvidar el hecho más importante de la Vida: La Muerte. Tratamos de no pensar en ella y de dejar circunscriptos a los cementerios y lugares de respeto y remembranza de los difuntos, todo pensamiento o sentimiento al respecto.

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